lunes, 14 de enero de 2019

No digas basta

Siempre hay algo más (no digas basta)
Ese mismo frío que se presenta abre la puerta.
Siempre hay algo más
Fíjate entonces la luna cuando desaparece 
Y vuelve resplandeciente
Y el sol que a la noche se esconde
Fíjate las golondrinas, la flor de cactus
Las olas…
Siempre hay algo más
Y cuando te agarrás de las palabras, casi al final,
Te volvés eterno, hay un lugarcito que te cuida.
Yo no te conozco, no sé tu pena,
Pero sé de esos lugares de miedo y ansiedad
Sé que me corresponde recordarlo.
(Es como esos cuentitos que contaban las abuelas
Para que no se olviden)
Yo no sé todo de nada
y hasta estoy insegura de decir lo que digo
pero me animo, porque el abismo es inmensidad
y en la inmensidad hay miles de respuestas.
No digas basta.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Nadie puede tener tanta razón y nadie puede estar tan equivocada.
Menos yo en ésta frase, que si tengo mucha razón y casi no estoy equivocada.

miércoles, 5 de septiembre de 2018


Sabré sostener en mi memoria 
la piel de mujer adorada o reprimida,
pero nunca podré ser otra distinta a la que soy.

domingo, 5 de agosto de 2018

Una epifanía genética.

La abuela Rosa siempre se preocupaba por lo que la gente opinaba, por ej. Si hablábamos en vos muy alta ella decía: 
_ ojo, no digas eso tan fuerte, mirá si te escucha alguien por la ventana… 
Ella le daba un lugar muy importante a la opinión del otro, pero también siempre decía lo que pensaba más allá del lugar a réplica. 
Ayer hice un test que se llama “la ventana de johari” que consiste en medir la escala de: cuánto te importa lo que los demás te digan y cuánto decís a los demás de lo que realmente pensás?
El resultado puede ser la libertad o lo oculto, y descubrí, con mi resultado, que la abuela era una persona libre.
Una epifanía genética.

lunes, 9 de julio de 2018

La calle del 92


Lejana la vereda, la calle en bicicleta.
los walkman con canciones de Roberto y Gustavo,
la pelota de tenis. El barrio, pero de antes,
el de dejar afuera la mochila y la llave.
La flor de sapo, el “paráiso”  y los huevos de gallina.
El odi, el juan, la pitufina,
esos de callejeros con derecho a las casas.
Los álbumes de figus con olor a frutilla,
las heladas, el guardapolvo blanco.
La intrépida señora metida de la cuadra
que al final te cuidaba, pero se hacia la sota.
Las mojarritas fritas de la tarde de pesca.
La escuela 22, el comercial, el patio de la abuela.
Los recuerdos afloran y es de noche,
y la noche se vuelve primavera.